Isabel Camacho
Un crÃo acosado por unos compañeros poderosos que convierten su vida en una pesadilla cree que no tiene salida. A menudo, resulta falso que la infancia y la adolescencia sean ese lugar paradisiaco que nos acompaña en el recuerdo y en el que nos refugiamos cuando emerge la nostalgia. Ahora mismo, hay decenas de niños escondidos en una esquina del patio escolar rogando en silencio para que sus verdugos les den un respiro.
En el acoso escolar, el bullying, vÃctimas y agresores no tienen edad para conocer la crueldad y, sin embargo, unos la sufren y otros la ejercen. Pero, más allá de ellos, ¿cómo es posible crear hijos, sobrinos… capaces de machacar fÃsica y psicológicamente porque el otro no es de los suyos? ¿Y esos padres que justifican las actitudes violentas porque son cosa de crÃos? ¿Adónde miran? ¿Y los centros escolares que niegan la violencia?
Lo que Sandra, a la que el miedo atenaza a diario, nos cuenta hoy en la página 4 de este periódico es para echarse a llorar y pensar en qué sociedad vivimos para dejar a una niña tan sola con su dolor.

La fuerza es el derecho de las bestias
Cicerón
Sandra tiene 15 años y precisa protección policial por el acoso escolar extremo de sus compañeros. Los profesores del instituto vizcaÃno donde estudia no quieren ver el problema. Está sola.
Sandra tiene 15 años, vive en la margen izquierda y sufre desde hace medio año el acoso de sus compañeras de instituto. La situación es tan grave que necesita protección policial. Todo esto lo desconocen incluso sus padres. 20minutos sabe todos los detalles del caso pero, la necesidad de preservar la identidad de la niña por miedo a que sufra más represalias, obliga a falsear su nombre y otros datos que pudieran identificarla. El resto es tan real como su drama.
«Al cruzar la esquina es lo peor. Sé que mis compañeros están ahÃ, que van a venir, que me van a insultar, que me van a pegar y que yo no podré hacer nada». Acaba de salir del instituto. Va camino a casa. Por el quiebro de la calle sale un coche de la PolicÃa. Le miran, asienten. El augurio de la esquina se cumple despiadadamente unos metros adelante. Le insultan, le pegan.
Sandra es la cara visible y magullada del 3,7% de los escolares vascos de Secundaria que sufren acoso escolar, según el Gobierno . El equipo de expertos en Educación Cisneros, eleva el porcentaje al 25,6%.
Un dÃa, una compañera le empujó y cayó escaleras abajo. Cuando llegó al descansillo tenÃa una muñeca rota y un alivio: «Ahora mis profesores verán lo que me hacen».
No. «¡Hombre… nadie le habla… pero tanto como para ser acoso escolar…!», contestó su tutor cuando el psicólogo que atiende a Sandra fuera del centro le increpó por no tomar medidas contra el acoso.
Todo comenzó cuando Sandra defendió el curso pasado a un compañero acosado. Entonces, era la capitana del equipo de basket. Este chaval cambió de instituto y los palos se dirigieron a ella.
El motor del escarnio son tres alumnas. Han logrado poner en contra a toda la clase. «Un dÃa me tiraron un borrador. Tres puntos en la ceja y dijeron que fue sin querer. Me pusieron una venda y desde eso me llaman la burka».
La PolicÃa ha visto el acoso. Sabe que quizá algún dÃa tendrá que salir precipitadamente del coche. Sandra no se atreve a contarlo en casa. «No quiero ir al insti». Al despertar hoy, lunes. empieza su pesadilla.
El dÃa a dÃa de Sandra
Llamada de auxilio.- «Creo que sufro eso que llaman bullying». Sandra encontró un teléfono de ayuda al menor en una revista adolescente. Cuando llamó ni siquiera sabÃa si era vÃctima. Desde entonces, un equipo de psicólogos sigue su caso. Es su única luz. Está completamente sola.
En casa no lo saben.- Sandra no se atreve a contarlo en casa. Sus padres pasan por un mal momento. Tiene miedo a que ellos se sientan culpables por lo que le pasa. «Me he caÃdo patinando», dice cuando le ven con la muñeca rota.
Terror en el recreo.- Ella no se despega de los cuidadores de patio que vigilan a todos.. Aunque ignoran su problema, sólo bajo su vista se libra del linchamiento. Le han llegado a arrastrar a una esquina ciega para pegarle. AsÃ, está absolutamente aislada; ni juegos, ni cumples, ni amigos…
PolicÃa impotente.- La PolicÃa Local le sigue de incógnito y, a veces de uniforme, y le ha dado un móvil para emergencias. Pero poco puede hacer para ayudarle. No pueden intervenir, por mucho que vean insultos y zarandeos callejeros. Sólo están para evitar males de extrema gravedad (palizas…).

Entradas (RSS)